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4.8.11

The Beauty and our Beasts - Parte XI - Icarus






"Amigos, sin duda, también lo son éstos, pero menos que aquéllos; viven el uno para el otro, tanto mientras dura el amor como cuando han salido de él, considerando que se han dado mutuamente y recibido el uno del otro las mayores fianzas, a las que no es lícito faltar  convirtiéndose una vez en amigos. Y al fin, sin alas, pero no sin haberse esforzado por adquirirlas, abandonan sus cuerpos. En consecuencia, no es pequeño el premio que obtienen de su locura amorosa; porque no es a las tinieblas ni al viaje subterráneo adonde la ley ordena que vayan los que ya han comenzado el viaje infraceleste, sino que llevando una vida resplandeciente, viajen felices en mutua compañía, y llegado el momento, lleguen ellas a tener alas en virtud de su amor. Tan grandes son, niño, y tan divinos los dones que te ofrecerá la amistad de un enamorado. En cambio, el trato de uno que no ame, trato mezclado de prudencia mortal y que se entrega a una economía mortal, produciendo en el alma amiga una ruindad que las masas alaban como un mérito, la hará rodar nueve mil años alrededor de la tierra y debajo de la tierra, ... en un estado irracional" .





Fedro,  370 a. C.
Platón


Picture: A scary cupid?, from FIASCO

6.6.11

The Beauty and our Beasts - Parte X - Arena





Charlotte exhaló ceñuda una nube tóxica mientras sostenía el cigarrillo entre su dedo índice y anular. Victoria fijó sus ojos en las uñas, negras de esmalte y extrañamente esbeltas. El gesto le confería un aire de impasibilidad y fortaleza, como si se pudiera observar, por un breve instante, un poso de ideas y superación. Un momento dulce, como los llamaba por entonces Victoria. Charlotte miraba al cielo cuando dijo:

-          -No lo entiendo.

Su interlocutora seguía ensimismada en el gesto, desgranándolo aún; disfrutando de cada segundo como si de arena fina entre sus dedos se tratara. Un gran reloj de arena.

-       -¿Sabes? No quiero fardar, pero se merece una lección. Está pidiendo a gritos que yo se la dé – Acabó con la colilla a golpe de talón-. Es increíble, no me lo esperaba. ¿Qué se habrá creído? He oído lo que va diciendo y me dan ganas de esconder un ladrillo en el bolso y lanzárselo a la cabeza como… como si fuera una onda.

Mientras dijo aquello, hacía el gesto propio. Victoria reprimía con gran esfuerzo una carcajada nerviosa. No quería perturbar el transcurso del apasionado monólogo, que continuó con algún que otro improperio y frase entrecortada por mordedura de labio inferior.

-       -Esa tía es la primera que es lo que dice de mi. Se atreve a insultarme así. No es justo. No soy así. No me conoce.

Y fue entonces cuando el tiempo se detuvo. Las vendas no hacen ruido cuando caen al suelo, pero Victoria estaba segura de haber oído el chasquido de un par de manos sacándola de un trance. “No me conoce”. Fue esa la clave de todo. “No me conoce”.

-       -Nadie te conoce.

-       -¿Cómo dices…? – Charlotte la miraba desde el porche con los ojos abiertos como agujeros negros, rígida como una montaña.

Victoria no se sintió sorprendida al percibir la violencia del instante. Todo parecía a punto de estallar y meterse en aquellos ojos que la miraban con descarada sorpresa e ira. Pero todo acabó de forma abrupta cuando, resuelta como era, Charlotte se removió la gran melena desde la raíz, dejándola caer en su hombro derecho. Suspiró mirando hacia sus pies, con la cabeza más gacha de lo normal.

Varios años después, Victoria recordó aquel momento. Recordó a Charlotte, su altura, su delgadez y su éxito. La gran melena caramelizada, las noches en su jardín, sus bailes con los chicos, las fiestas en su casa, su madre a quien sólo vio una vez, el gato canela, sus consejos, el maquillaje… su energía. Sólo tiempo después comprendió que lo que entonces había percibido como la ruptura de algo, no fue otra cosa que el inicio de un estado. Una caída, y el comienzo de la confianza.

Se dio cuenta entonces de que lo que antes parecía una montaña… no fue más que arena.






Extracto de "La chica de la Maleta Roja"
Relato personal.



Picture: "Smoking...", by Dangerbrown

12.4.11

The Beauty and our Beasts - Parte IX - Doppelgänger





Aparece ante mi como si de humo se tratara. Transmite esa sensación incómoda de sorpresa inquieta, constante y veloz impotencia. Se aferra a la espina dorsal, al cabello en punta y al propio bombeo del pecho. Es similar al mismísimo calambre por traumatismo. Es rebuscada, fina y sigilosa. Rumia el propio pensamiento hasta que no queda traza alguna de lógica racional, la que intenta separarnos del impulso primitivo. Es la misma dicha y el remordimiento casados para dar vida a la muerte. La muerte por rabia y espuma en un banquete a la una; el sacio con gula. La primavera que baja del deshielo para exhumar la supervivencia. Es aquella mujer, hombre , niño o anciano. Es una neurona con una idea amarilla. Dicen que el amarillo se asocia a la locura. Ella es la locura. La locura que quiere enloquecerlo todo; la implosión que con cenizas nómadas quiere implosionar en otros paisajes. Y en este momento, cuando digo lo que es por primera vez después de pensarlo, me dan ganas de vomitar más léxico. Vomitar y no parar hasta que no tenga nada dentro. Pero no funciona así. El pensar y el decir  son el síntoma del veneno. De todas formas, ahí sigue, mirándome. Una mirada gélida y oscura como el tiempo primero. Siempre ha estado ahí, creciendo desde lo más profundo de un universo límbico. Mirando y haciendo suya la materia finita. Haciéndolo todo suyo. Ella es de ese modo… hasta que da con uno mismo. Es entonces cuando baila y se regodea, canturreando la melodía de tu propia voz. Te recuerda imágenes de una vida que poco a poco se te antoja ajena. Huele al campo por el que corriste con ocho años tras las libélulas, al gato del vecino y a la lluvia en diciembre. Tiene la sonrisa que amaste, el pelo de tu madre, las manos encallecidas de tu padre. Pero tu semblante.

Lo sabe todo, lo es todo. Y sólo es tu propia muerte.  






Picture by Sand In Lungs

27.1.11

The Beauty and our Beasts - Parte VIII - The Human Beast




Massive Attack - Atlas Air


Massive Attack - Splitting The Attom





24.10.10

The Beauty and our Beasts - Parte VII - Iceberg


No importa dónde ocurra, cuando ocurre. Alienados y fríos en lo estático del tiempo. No, no hay tiempo. No hay nada. Detrás, un espinazo de agua cristalina y congelada. Salen las lágrimas de puro pánico. Cuando salen. ¿Pueden? Una bestia. No... no hay nada. Digamos entonces que hay miedo. Ese frío miedo a la nada. La sangre, si la hay, camina despacio, casi a punto de pararse y congelar hasta la electricidad. Pero no es la muerte. ¿Debería? No es nada. Sólo una cataplasma en el pecho, fría como todo lo que nos rodea. Camina hacia arriba, hacia el cuello, mientras nos acordamos de los suspiros cuando nuestras madres nos arropaban antes de caer en brazos de Morfeo. No hay mantas en el limbo. ¿Es el limbo? No... no es nada. Nos miramos despacio, rígidos, sobre el frío hielo. Un muro brillante. Tampoco vemos nuestros rostros. Pero hay sombras. Pasos que pasan, porque los pasos siempre pasan, y se van. Nadie para ahí fuera. Y dentro hace frío. Ese frío que no se va. Transparencia desleal. Opacidad múltiple. Ceguera. Engaño.

Nadie para para rescatar a la soledad. Y sin embargo todos nacimos solos. Y nuestro corazón parará su ejercicio diario, su cometido, para descansar solo.

Y hablo en plural, aunque ahora escriba sola en una habitación fría.







Picture: Iceberg, by Kirill Sharikov

6.8.10

The Beauty and our Beasts - Parte VI - Azúcar



Los pasos inundan la estancia. Nunca unos tacones de aguja de una joven habían molestado tanto al vecino del quinto, que trata de olvidar su sinsabor rutinario con los pies encima del sofá apuntando a una caja de imágenes hipnóticas. Su perro, mientras, estira su hocico hasta más allá de las celdas del balcón, hacia una mano extendida con un trozo de chocolate encima. La pequeña extremidad pertenece al niño de la señora gorda que lo reprende por tentar a un animal casi ciego con el chocolate que tanto le costó comprar porque valía dos euros cincuenta. Un euro cincuenta más que en la tienda de la Mary, justo debajo de dicho balcón, que tiene las cosas a muy buen precio a pesar de llevar siempre una cara de acelga que hace rechinar hasta las dentaduras postizas, y de tener que cerrar los sábados por visitar a su hija enferma al otro lado de la gran urbe que es Madrid, o París, o Buenos Aires. Qué más dará. El caso es que tiene el chocolate a muy buen precio, y la butifarra ya que estamos. Pero la niña, enferma, tenía un mozo, de esos que llevan flores, de los que escasean, y en cuanto supo que seis meses, no más, no recambió las flores. Seis meses de vida. Y no volvió. Ni adiós. Desde entonces siempre se preguntó la gente del barrio por qué a Mary le empezaron a ir tan bien las cuentas en la tienda. Ella no soltaba prenda. Hasta que supo que la la joven del sexto, la que siempre llevaba tacones de aguja incluso para ir al mercadillo los domingos, era muy amiga de su niña. La muchacha siempre compraba el café en la tienda de Mary. Pero no preguntaba por nada. Nunca dirigía una mirada indiscreta, inquisitiva, inapropiada. Nunca hablaba más que para pedir la cuenta, para decir si tenía suelto o si pagaba con tarjeta. Hasta que un día su curiosidad venció al protocolo habitual.

- Van bien las ventas, ¿verdad?

Mary escrutó a la joven tras las gafas de pasta transparente.

-Lo normal, chiquilla. - Mientras, se oía el ruido de la caja.

-Me pregunto cuál es su secreto...

Sólo era curiosidad inocente, nada que se pareciera al chismorreo habitual. Más de veinte años separaban a sus generaciones. Mary decidió hacerle un favor que nunca olvidaría.

-Es por los detalles, pequeña. El café, el azúcar y el chocolate. Ya sabes. Cosas del día a día, quizá. Pero importantes. Ayudo a la gente a que compre bombones. Las flores están en el mismo pasillo. Al lado, las felicitaciones. Mira, niña, los jóvenes de ahora tenéis de todo para hablar, pero las palabras no tienen nada que hacer con los detalles. Es mi filosofía.

La joven asimilaba sus palabras sin inmutarse.

-¿Y qué pasa si falta el resto?

Otra pregunta inocente. Doliente. A Mary le atravesó el cerebro como un puñal. Era, simplemente, lo que menos quería oír. Era su tabú.

-Perdóneme... la he molestado. No era mi intención. Muchas gracias por todo.

La joven empezó a caminar haciendo su característico ruido.

-Espera.

La chica se volvió.

-Tú me tienes que contar por qué siempre llevas tacones, niña.

La chica sonrió.

-Pregúntele a su hija.




Picture: Seattle Fish Market by Fabrice Muller

24.4.10

The Beauty and our Beasts - Parte V - Cáscaras



La imagen se pelea con la conciencia. La sonrisa contradice las pupilas, la boca exclama conjunciones vacías. El negro traspasa lo blanco, lo blanco ciega el azabache. El impacto golpea el cerebro, causando polución de vísceras que pretenden configurar belleza condensada. Y todo trae a la confusión totalmente inesperada e inocente. La certeza de que "esto no era así" nos saluda sonriente y amenazadora. La sensación de haber sido traicionados resulta tierna para muchos cínicos, mientras la estafa nos malogra despertando cierta ira, o despecho.

La decepción... venida de la incomprensión.


Las máscaras lo cubren todo. Jugamos con ellas cada día, sin percatarnos de que algunas se rompen solas. A veces detrás sólo hay una sonrisa tímida y reconfortante, alguien valiente que se creía la unidad más diminuta del universo, una carcajada de otro que no se atrevía a hablar, la mueca entrecortada de alguien demasiado sabio, una nariz con complejo, un puñado de pecas introvertidas, o... dientes afilados como cuchillos, labios fríos de aliento lúgubre, ópalos por mejillas, una expresión de odio, una sonrisa de medio lado con intenciones evidentes, un grito desesperado homenajeando al mismísimo Munch... los monstruos.

Lo que más impresiona es el sonido al romperse, transformando la superficie en meras cáscaras sin vida ni fin, sólo el de dejarnos ver otra verdad. Otra verdad, no La Verdad. Porque la máscara en sí forma parte (lo queramos o no) del conjunto total. El todo. La superficie y el fondo. El gran iceberg tan imposible de quebrar a veces, porque hay máscaras demasiado pegadas a la piel, esas que tienen un arma oculta; se han apoderado de los dueños como parásitos y pueden llegar a cortar su respiración en un descuido. Pobres almas en pena, decía Disney.

Pero muchas de ellas dejan ver los ojos...
Las llaves de las grietas, las únicas pistas perpétuas.

Quitémonos la máscara, respiremos, profundicemos.








Imagen: Happy Mask II by Kotie


3.11.09

The Beauty and our Beasts - (Parte IV) La cebolla





Es como un ligero clic que resuena en el pecho. No sabemos cuando nos puede ocurrir... y hay gente que nunca llega a sentirlo. Tampoco podemos evitar el miedo que nos intoxica cuando nos pasa. Es vértigo e inquietud. Es como estar en sintonía con el cosmos. Pero sabemos que nunca podremos comprender por qué nos pasa.Un ejemplo anodino: una hoja de papel en blanco. Mil horas de antemano perdidas por delante. No ocurre nada. Los dedos empiezan a tamborilear la mesa, provocando el sonido de los cascos de un caballo que nunca llega. Todo sigue un compás exacto, y la aguja más delgada de los relojes sigue su caminar, impasible. Tic... tac. Hace ya tiempo que la taza de café dejó de humear.

Fuera hay un estruendo continuo, un rumor constante que atrapa los tímpanos con una hipnosis vacua. Unas cuantas hojas anaranjadas sobrevuelan unos metros a ras del suelo, arrastrando su descomposición con ellas. Las nubes no terminan de ponerse de acuerdo sobre si hacer una orgía de relámpagos, o alejarse hacia otro lugar más lleno de vida a la que regar. Para cuando nos hemos dado cuenta llevamos media hora mirando por la ventana. La gente pasa. Y parece que todo se mueve menos el lápiz sobre la hoja de papel.

Pero entonces ocurre. Nos fijamos en algo, sin querer, inconscientes de la siguiente sinápsis que tendrá lugar en nuestro cerebro en blanco. Clic, una descarga de electricidad y aminoácidos que provocan una idea en alguna neurona remota de nuestra máquina sesuda. ¿Eureka?

Pero en realidad sospechamos que no ha sido fruto de nuestro genio. El azar, las musas, ¿quién sabe? Quizá sea sólo que la idea a venido a nosotros... no al revés. En un principio no la dejamos entrar, hay mil barreras que impiden una mínima lucidez productiva. La primera, la de la atención. La segunda, el discernimiento. La tercera, el entendimiento. La cuarta, la aceptación. La quinta, impregnación. Como las capas de una cebolla. ¡Somos cebollas! Claro... puede que el número de capas varíe según la persona.

Pero... ¿las cebollas no hacían llorar?




Imágenes:

Window- de Lafaette
Onion- de Auður Ýr

6.10.09

The Beauty and our Beasts. (Parte III) The Killer Tequila


"Está sentada en un taburete desvencijado. Mira, supuestamente, a la nada más infinita de todas: la suya. El vacío la hace sucumbir a un catatonismo impoluto de estímulos. Precisamente eso hace que su mente perciba todo como si no perteneciera al propio mundo del que salieron sus células primigenias. A tres mil metros de la superficie terrícola se vive bien.
El sofá tuvo mejor vida en otro tiempo. Sábanas blancas, que ayer sirvieron de escenario para fantasías, se encuentran hoy manchadas del presente. El mundo mancha, no nos engañemos. La boca pide aire, entreabierta y deshidratada como un vasto desierto. Una palidez perlada cubre el cuerpo tendido, dispuesto de forma grotesca. No hay brillo en los ojos. A tres mil metros de la conciencia no hay luz. ¿Para qué? El lienzo ha sido comprado en una tienda cara, de aquellas en las que los sedíceos artistas encuentran todo lo que quieren para expresarse a sus anchas, y más. Todo huele a linóleo y desventura. Aguarrás en el tuétano.

La luz entra a raudales, aunque se marchite mormóreamente, a medida que camina por la habitación. Hay un ligero toque teja en el suelo. Colores que miran de soslayo su propia obra. Los botes de pintura se confunden con sustancias cristalinas; los primeros se secan, las segundas siguen tan líquidas como vivas. Vivas a costa de dejar sin sangre. Sangre en las venas.

Los párpados se cierran y abren inconscientes del movimiento y del todo.
Sólo queda un personaje ajeno a la escena: el lienzo sigue en blanco.



5.9.09

The Beauty and our Beasts. Parte II (Agujeros)

Hay algo que siempre me ocurre al visitar un museo. Pasa que, aunque me empeñe con todas mis fuerzas en analizar una obra... me siento rematadamente inútil. Como si no llegara a nada especulando y observando con detenimiento los trazos llenos de luz y sombra de algún genio de hace más de dos siglos. Aunque he de reconocer que esa especie de frustración se hace más latente cuando escudriño alguna pieza "contemporánea" (siglos XX y actual, para que nos entendamos). O cuando me quedo mirando el gran legado del excéntrico Dalí. El sentimiento es parecido a encontrarse en un largo túnel estrecho, corriendo, y nunca poder llegar hasta la luz del fondo. Sí, está bien, un ejemplo algo tétrico, pero ¿qué sería de la Vida (y por consiguiente de la Belleza) sin la amenaza constante de la finitud de la misma? La muerte.

Entonces se me ocurre pensar que todo eso ya está implícito en el propio Arte. La vida, la muerte, lo bello y lo humano. El Arte tiene mucho de humano, obvio ¿no? Pero aún y todo parece que la esponja de la que hablaba antes no consigue llegar a hundirse en el vasto mar. Flota sin remedio debido a los agujeros que tiene, sin poder entender qué es lo que no funciona. Sin saber que en realidad funciona todo. Los agujeros son necesarios, porque están, y existen donde deberían estar. Porque somos perfectos en nuestra imperfección.

También se me ocurre pensar, permitidme esta licencia, que pensamos en el Arte como algo infinitamente perfecto a nosotros, sin esos endiablados agujeros, sin defectos ni ornamentos de más. ¿Pero hasta qué punto es eso cierto? Claro... los agujeros no nos dejan ir más allá. No tenemos ni idea. No sabemos una mierda de todo este misterio. Oh... imperfección.

Y quién nos puede sacar de la idea de que quizá debamos dejarlo estar.
Hasta que podamos llegar al final del túnel.

Full of holes. By: Dave

17.8.09

The Beauty and our Beasts. Parte I (La esponja)

¿Dónde se encuentra?
Hace tiempo que comencé a masticarme los sesos pensando sobre cosas absolutamente absurdas en apariencia. El despertar de la conciencia, supongo. Es esa sensación de estar convirtiéndose uno en una esponja, una maldita morbidez que lo chupa todo a su alrededor. Cuando te encuentras en el bus de turno y ves a un jovencito dejar su asiento a una anciana (raro ¿no?), cuando te ves rodeado de gente en la cola del cine, cuando paseas despreocupadamente por la calle adoquinada... siempre, a todas horas, en todo lugar. Ahí está.


Partiendo del estrambótico punto de la esponja... no es de extrañar que nos emocionen un par de plátanos estratégicamene colocados en un bol de cristal, junto con un mendrugo de pan extrañamente roído y un racimo de uvas blancas, todo ello plantado en medio de un mantel arrugado. Arte, lo llaman. Pero siguen siendo un conjunto de frutas sobre una mesa abandonada y, si nos descuidamos, sucia (el pan deja sus migas). Ah, sí... probablemente nos emocione eso exactamente; la mesa abandonada, a medio recoger o a medio preparar. Quién sabe quién ha podido dejar semejante banquete en la humilde mesa de madera, o quién sabe si ese algien la ha abandonado de forma consciente o muy a su pesar. Entonces, llega el momento en que la pequeña esponjita empieza a llorar (¡demasiada agua!), emocionada y comprensiva. ¡Eureka! se ha empapado de belleza.


¿Belleza? ¿No hablábamos de arte? Gran misterio. Como dijeron nuestros antepasados griegos: "Es bueno aquello que es bello". Y así... sin más. La esponja ya empieza a chapotear en su propio jugo. Hay algo que se nos escapa. ¿El Arte debe ser
necesariamente bello? ¿Es la belleza Arte o producto de éste? ¡¿Pero qué demonios es el Arte?!



Vale... La esponja se ha cabreado.





Picture by: Rauf